Energía - Las Pequeñas Cosas - Carta a los Elkos

Me contaron hace muchos años una vivencia experimentada por uno de los innumerables presos hacinados en los campos de concentración alemanes, durante la Segunda Guerra Mundial. Sé perfectamente quién me la contó: un anciano monje del Sur de Francia, lleno de sabiduría y bondad. Pero no alcanzo a recordar la fuente de su relato, aunque me vuelve a la memoria el nombre del psiquiatra y neurólogo austriaco Viktor Frankl (que sobrevivió a los campos de Auschwitz y Dachau), pero es muy posible que se me crucen varios recuerdos a la vez.

Un preso joven y solitario, desesperado por el curso insoportable de los acontecimientos y la carga insufrible de aquel infierno cotidiano, decidió quitarse la vida. Hundido en un pozo negro de melancolía y depresión, planificó su suicidio como si de una liberación se tratase. La Providencia quiso que antes de pasar al acto se despidiera del único compañero que había merecido su confianza, quien respetó la decisión de su amigo pero le pidió que por lo menos se lo comunicase antes al anciano rabino.

Era el rabino la referencia absoluta para los judíos de aquel campo. Se lo consultaban todo, le hacían partícipe de sus tristezas y alegrías -si la palabra alegría tiene algún sentido en semejantes condiciones-. Hombre de profunda oración, sacrificado y atento a las necesidades ajenas, ofrecía siempre una palabra de consuelo para cada uno, un alivio en la pena, un consejo certero.

Escuchó atentamente el anciano a nuestro hombre durante una tarde entera de lamentos, sollozos y desolación. Solo al final tomó la palabra:
-Es cierto que tu situación es francamente desesperada, hijo mío. Por ello respeto plenamente tu decisión. Aunque si me lo permites, voy a pedirte una sola cosa: que pospongas el suicidio una semana. Al séptimo día pasarás al acto, al atardecer si te parece bien. Pero cada uno de los siete días de esta última semana, pronto por la mañana, te afeitarás cuidadosamente.
-¡¿Afeitarme?! Pero ¡Maestro! ¡Esto es ridículo! Qué tendrá que ver eso con mi desdicha, con todas las desgracias que le he contado, ¡no me lo puedo creer!
Pero el anciano no dijo nada más.

Así que cada mañana de aquella semana se tuvo el hombre que despertar media hora antes que sus compañeros de caseta, lavarse cuidadosamente la cara, improvisar una espuma con el único jabón rancio que tenía a mano, y afeitarse con una cuchilla que compartían hasta la saciedad.

Lentamente fue recuperando la dignidad, su rostro macilento se volvió más claro, más limpio, sintió que le subía la autoestima, que infundía mayor respeto y que la situación quizá no fuera tan negra, tan oscura, tan desesperada.

Aquel hombre no se suicidó. Fue uno de los supervivientes de los campos de concentración. Y pudo empezar una nueva vida. Por un solo gesto, diminuto y pequeño, un gesto sin importancia: afeitarse cada mañana. El sabio rabino sabía perfectamente que el hombre que se degrada empieza por descuidar las cosas más pequeñas.

Salvando las insalvables distancias, me sentiría colmado si cada uno de los insignificantes detalles que conforman la letra de la canción Energía fuera considerado como una manera positiva, combativa y luchadora de afrontar las innumerables dificultades de la vida contemporánea. He pensado en los trabajadores del extrarradio de las grandes ciudades que necesitan despertarse de madrugada para dar de comer a los suyos, soportar los atascos, el mal humor de los jefes, las precarias condiciones de trabajo. He pensado en los médicos de urgencias, el personal sanitario, pero sobre todo en mis hermanos enfermos: los que esperan un trasplante, los que desesperan, todos aquellos a quienes el dolor sumerge en la impotencia. He pensado en los artistas que luchan por encontrar la belleza perdida, en los periodistas que investigan la verdad, en los deportistas que se esfuerzan por superarse a diario.

Cada un@ tiene sus cosas pequeñas preferidas: un café con leche, una canción, una película, un estuche, un champú, un coletero, un cigarrillo, un peluche, unas zapatillas, un libro, una fruta, un yogur, una foto, un collar, una pulsera, una cruz… Suelen ser detalles insignificantes para los demás, pero a los que no renunciaríamos por todo el oro del mundo.

La vida es lo más preciado que tienes: tu joya personal.

Cuídala, mímala, protégela, defiéndela.

Empezando por las cosas pequeñas.

Jaime

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