Jesús - Un Viaje Interior

Acabo de regresar de un viaje de cuatro días a la ciudad polaca de Cracovia. No me parece necesario
ponderar aquí la riqueza artística de un centro histórico que no tiene nada que envidiar a otras ciudades europeas, mucho más conocidas y visitadas por turistas de todo el mundo.

No. Lo que quiero compartir con vosotros es una experiencia personal. Íntima y profundamente personal.

Son innumerables las iglesias que se yerguen como flechas espirituales en el paisaje urbano de Cracovia. Resultan de obligada visita para quien desea conocer la historia, el arte y la arquitectura del lugar. No solo la Catedral y la Basílica de Santa María, sino cada oratorio, cada capilla, cada parroquia de barrio y no digamos ya cada santuario: todos y cada uno de los templos sagrados merecen una atención especial.

Pero es que además yo soy cristiano. Con lo cual también me detuve en tales lugares para rezar. Para recogerme en oración antes de proseguir el camino.

Puedo escribir sin que me tiemble el pulso que lo que estuvo a punto de detenerse fue mi corazón. De sorpresa, de estremecimiento, de pura emoción.

Cada vez que me adentré en un templo cristiano asistí alucinado a la escena siguiente: multitud de personas enfervorizadas hasta la médula en plena misa, en silencio absoluto, sin cuchicheos ni murmuraciones, con un respeto sobrenatural por la celebración que se estaba desarrollando. Una sensación extraordinaria de estar en presencia de lo divino, de acariciar el firmamento.

Pero lo que me dejó de piedra fue la juventud. Nunca en mis cuarenta años de vida había visto a tantos jóvenes sumergidos en Dios, ni en Francia (aunque París es una excepción: sorprende ver la cantidad de jóvenes que llenan literalmente las iglesias de la capital francesa) ni mucho menos en España (donde la media de edad de las personas que uno puede encontrarse en el interior de un templo cristiano oscila entre los sesenta y los noventa años), los dos países en los que he vivido hasta ahora.

En apenas cuatro días he podido ver a bastantes universitarios esperando en un banco de madera carcomida su turno para confesar sus pecados a un sacerdote. He podido ver a chicos fuertes como robles arrodillados durante minutos interminables ante el sagrario. He asistido al milagro de una muchedumbre incalculable de personas cantando con toda el alma salmos y cánticos religiosos sin ningún sentimiento de ridículo o vergüenza, sin absolutamente ningún tipo de complejo absurdo, sino con el mismo fervor que sentirían jóvenes de otras laderas por una final de la Champions o un concierto de rock. He visto a un chaval de veinte años postrarse ante una imagen de Jesús, es decir tumbado de cuerpo entero boca abajo en el suelo, para implorarle ayuda y protección. A nadie se le ocurrió en ningún momento sonreír, ni mirar de reojo, ni menos aún burlarse de tal gesto de humildad religiosa. Como si fuera lo más normal del mundo.

La mujer eslava es una mujer muy hermosa. Salvajemente hermosa.

He visto a muchas adolescentes y mujeres jóvenes de entre veinte y cuarenta años, chicas de piel tersa y clara, de cabello rubio natural algunas, y otras tan negro como los bosques del Norte, de una belleza tal que en mi país podrían perfectamente presentarse a una agencia de modelos y ser admitidas sin ningún problema… He visto a esas chicas -no una, ni dos, ni diez, sino muchas más-, abismadas en tal estado de oración profunda, de rodillas, en cuclillas o sentadas, con la frente inclinada y las manos juntas alrededor de un rosario, ensimismadas y literalmente ahogadas en un diálogo de amor tan intenso con Jesús, que en varias ocasiones me quedé estremecido de emoción, como temiendo interrumpir la magia de un misterio inaccesible… Las he visto con la misma concentración que el chico prosternado en el suelo, con la misma vehemencia suplicante ante Dios o la Virgen María, como si abandonasen en sus manos eternas la totalidad de sus vidas humanas, sus esperanzas, sus ilusiones, sus sueños, pero también sus fracasos, sus penas, sus fatigas y dolores; y no solo su vida propia sino la de sus seres queridos, el devenir de Polonia y hasta la petición incansable de bendiciones para sus enemigos, aunque esto último es incomprensible para quien no tiene fe. He visto esos rostros femeninos transformados por una luz desconocida, rostros en plena contemplación, con los ojos cerrados, y ojalá los hubieran mantenido cerrados todo el tiempo, porque cuando los abrían, descubría conmovido hasta lo más hondo de mi ser que todavía no conocía todos los matices y tonalidades del color azul, yo que vivo en una isla acariciada sin descanso por un cielo de ensueño y el hechizo onírico del Mar Mediterráneo, desconocía a mi edad los pigmentos azules que provoca en el iris eslavo la luz interior de aquellas almas abrasadas por la gracia divina.

Me da reparo seguir. He vuelto de Polonia con el corazón transformado. Lamento profundamente que en mi país se haya mezclado tantas veces la religión con la odiosa política que todo lo envenena, lo lamento sobre todo porque muchísimos jóvenes, amigos míos sin ir más lejos, jamás descubrirán el amor infinito de Jesús hacia nosotros, por razones que no tienen absolutamente nada que ver con el amor, ni con Jesús ni con nosotros.

Ya sé que parece una locura. Ya sé que muchos no lo comprenderán…

Pero yo amo a Jesús con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas. Y sí: lo amo con locura. No me da miedo confesarlo.

Jaime

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