Víctima Callada

Hoy en el telediario han anunciado la trágica noticia. Otra mujer asesinada más. Y van cuarenta en España desde el uno de enero de 2014. En pleno siglo XXI. Me he quedado de piedra. Triste y abatido. Destrozado.

On ne bat pas une femme, même avec une rose (No se pega a una mujer, ni con una rosa), nos decía mi madre (que es francesa) a mi hermano Pablo y a mí cuando jugábamos con nuestras inseparables primas Verónica y Blanca durante todas las horas de aquellos inolvidables veranos. Y recuerdo perfectamente que yo me quedaba mirando a mi madre, atónito y sorprendido, intentando comprender el sentido oculto de aquella misteriosa frase. De todos modos, pensaba con mi pequeña inteligencia de ocho años, la torpe de Blanca acaba de romper mi tren de juguete y se merece un buen coscorrón. Pues no. Y mi madre, tan dulce y bondadosa de costumbre, me miraba con severidad. Entonces no me quedaba otro remedio que tragarme la rabia, arreglar el tren y seguir jugando. Pablo y yo nos podíamos pelear como dos cachorros de león. Pero ni tocar a las primas. Unas primas a las que por supuesto adorábamos, que eran nuestras mejores amigas y con las que pasamos los mejores momentos de nuestra infancia.

Tengo esa frase grabada a sangre y fuego en el alma, en el idioma en el que mi madre me la repetía de pequeño: On ne bat pas une femme, même avec une rose.

Nunca en toda mi vida he golpeado a una mujer. Nunca jamás. Antes muerto. No podría hacerlo ni aunque quisiera porque la frase de mi madre sonaría en mi mente con toda la fuerza del mundo, una fuerza mucho mayor que la fuerza física masculina: la fuerza del amor materno.

No quiero decir con ello que nunca haya tenido una conversación tensa con una mujer, que nunca haya estado en desacuerdo con ella… Pero ¡por Dios! Para algo existen las palabras, nada más constructivo que un diálogo prolongado, nada más conciliador que exponer con calma las opiniones propias, escuchar las ajenas y tratar de encontrar una solución al problema, una vía media que sea del agrado de ambas partes.

No hay nada más importante en las relaciones humanas que el respeto.

Tal vez sea un idealista romántico, pero para mí la mujer representa todo lo más hermoso y profundo de nuestro planeta. La mujer aporta una manera propia de ser sin la cual yo no podría vivir: ternura, interioridad, sensibilidad, intuición, bondad, inteligencia, delicadeza, compasión, dulzura, empatía, amor. Sin la presencia a nuestro lado de la mujer la existencia no tendría ningún sentido. Por lo menos para mí.

Cada vez que muere una mujer se apaga una estrella en mi alma.

Jaime

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